El castillo de Mairena del Alcor, más de seis siglos de historia desde su atalaya

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La fortaleza es uno de los principales recursos turísticos del pueblo.
La fortaleza es uno de los principales recursos turísticos del pueblo.

Fermín Cabanillas. Más de 3.000 personas visitaron en 2019 el Castillo de Mairena del Alcor conocido popularmente como Castillo de Luna, un edificio que lleva más de seis siglos siendo testigo de la historia del pueblo, y que supone una joya de la arquitectura de su época.

Como detalla la web oficial del Ayuntamiento, se sitúa en un cerro equidistante de las actuales fuentes públicas de la población “Gorda” y “Alconchel”, junto al complejo de los molinos hidráulicos harineros llamados “De Campo”. Esta localización, que coincide con el puerto de entrada de la Vega hacia las terrazas de Los Alcores, es un puesto de vigilancia privilegiado desde el que se controla visualmente la Vega de Carmona, la población y el tránsito de los caminos y veredas antiguamente frecuentados por los trabajadores del campo, los viajeros y los ganaderos que acudían a la primera feria de ganado de Andalucía, la feria de Mairena del Alcor.

Los últimos estudios realizados fechan su origen en 1342 tras la donación del lugar de Mairena a Don Pedro Ponce de León por el rey Alfonso XI, como parte del programa de repoblación y fortificación de la campiña sevillana, en compensación por la ayuda prestada en las campañas militares de la batalla del Salado y el Sitio de Algeciras.

Su construcción se realizó en 4 fases repartidas desde mediados del siglo XIV hasta el primer tercio del siglo XVI. Por su morfología, la fortaleza es considerada como una de las primeras construcciones dedicadas a la defensa artillera.

Está compuesta por 4 torres que en origen estaban exentas unidas mediante una muralla que discurría por sus esquinas interiores. En fases posteriores se amplía el recinto tomando su forma definitiva con un encintado formado por un antemuro dotado de troneras de artillería y merlones, y un foso excavado en la roca, cuya cava fue reutilizada en parte como cantera para la obtención de sillares destinados a la propia construcción del Castillo.

A partir de la segunda mitad del siglo XVI bajo el reinado de los Reyes Católicos perdió su sentido defensivo y cayó en el abandono. A principios del XIX, siguiendo los consejos dados por las tropas francesas de ocupación, fue utilizado por un corto espacio de tiempo como cementerio municipal del que aún permanecen algunos enterramientos entre sus murallas, y de forma más continuada como cerca para guardar ganado e incluso como cantera para reutilizar sus elementos constructivos en edificaciones cercanas.

Un gran parque lo rodea para el disfrute de los vecinos.

La ruina en la que sumió a la familia el XII Duque de Osuna, Mariano Téllez Girón, forzó la enajenación de la fortaleza en 1879 a favor de Felipe Delgado Aguilera, vecino de la población. Esta coyuntura dará lugar al comienzo de una nueva etapa en la historia del monumento.

En 1902, Jorge Bonsor, pintor anglo-francés llevaba varios años residiendo en Carmona donde decidió dedicar su vida a la arqueología tras la visión de los frescos de una de las tumbas de la necrópolis romana de la antigua Carmo. Tras participar en la compra de los campos, la investigación y presentación al público de la citada necrópolis, dedicó sus esfuerzos a la exploración de la comarca de Los Alcores.

El producto de sus investigaciones, que lo llevaron a ser considerado como uno de los precursores de la arqueología científica en el suroeste peninsular necesitaban de un espacio para su presentación al público. Con esta intención acomete las obras de acondicionamiento dirigidas a convertir a la fortaleza en un museo de las antigüedades prerromanas de Los Alcores.

Sin embargo, el destino de la fortaleza volvería a dar un nuevo giro el 4 de marzo de 1907, fecha en la que Bonsor decidió trasladar al Castillo su residencia personal coincidiendo con la celebración de su boda con su primera esposa Gracia Sánchez Trigueros.

Tal fue la relevancia de la institución que llegó a ser recomendada su visita por la Sección de turismo de la Exposición Iberoamericana de Sevilla de 1929. 

Tras su muerte el 15 de agosto de 1930 la familia Peñalver-Simó, y en particular su viuda Dolores Simó con quien contrajo matrimonio tres años antes en segundas nupcias pasarán a ser los garantes de la conservación del Legado del Castillo de Mairena del Alcor. Aún acuciada por las consecuencias de la Guerra Civil, Dolores y su familia procuraron conservar unidos el Castillo y sus colecciones, lo que nos ha permitido a día de hoy reconstruir la herencia patrimonial recibida.

Con la llegada del nuevo siglo se produjo la cesión de la gestión integral del monumento al Ayuntamiento de Mairena del Alcor y acto seguido comenzaron los trabajos destinados a su rehabilitación y reapertura, que se han extendido a lo largo de las dos últimas décadas.

Son muchos los investigadores que acuden a consultar sus colecciones. Las piezas arqueológicas, fotografías y documentos conservados en sus fondos siguen vigentes siendo clave en algunas investigaciones en curso en yacimientos como la ciudad romana de Baelo Claudia, la necrópolis romana de Carmona, los alfares romanos del Guadalquivir y el propio Castillo.

Con el objetivo de crear un espacio de socialización del conocimiento se han realizado esfuerzos para crear un programa de actividades que ha permitido la entrada del público a la fortaleza a través de la oferta de visitas guiadas y la celebración de conciertos, representaciones teatrales y diversas actividades lúdico-educativas.

La conservación del ecosistema creado en torno al Castillo ha sido otro de los pilares fundamentales de los trabajos de los últimos años. La conciliación de la restauración de las murallas con la preservación de la colonia de cernícalos primilla, una de las mejor conservada de la región, y la conversión del olivar creado por Bonsor en torno a la fortaleza en un parque público redundarán en el compromiso con la preservación del legado heredado.

Este nuevo espacio concebido por Bonsor como un elemento imprescindible para la preservación de la imagen rural del Castillo, más aún cuando se encuentra inserto en la trama urbana, es la herramienta ideal para la preservación del ecosistema nacido el entorno de la fortaleza y la divulgación del cultivo tradicional del olivo.

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