Hasta que ni la muerte nos separe

Carmen, una joven de 22 años, murió en Gilena en 1908. Su novio quiso que su recuerdo jamás se borrase, y lo hizo con un poema grabado en su lápida.

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Fermín Cabanillas. Una historia de amor tan eterna que quedó grabada para siempre, y en una tumba. Es el resumen de lo que se puede leer en una tumba que se puede ver en el cementerio de Gilena, y que ha recordado la colección museográfica de la localidad sevillana, rescatando ‘Un epitafio para la Historia’, publicado por el cronista local Antonio Manuel Rodríguez Rodríguez en las redes sociales del museo.

Y es que “quién no ha visitado alguna vez el cementerio en los días de los Santos y Difuntos y no se ha acercado a leer el emotivo poema, escrito en una piedra, que alguien le dedicó a su amada Carmen?”. Son muchos los vecinos que sí lo han hecho, otros no saben que está ahí, puesto que se encuentra en un lugar poco visible, escondido entre otras tumbas, alejado un poco del pasillo central, y hay que saber dónde está para poder ir a visitarla.

Un poema con intriga

Lo más curioso del poema es que, como recuerda la colección, te deja con mucha intriga: “¿quién sería esa Carmen?, ¿quién sería el que le escribió esa poesía tan entrañable y llena de amor?, ¿quién labraría esa esbelta cruz de piedra en piedra caliza local?, ¿cuál sería el resultado de esa bonita historia de amor, que sin duda acabaría en tragedia?, ¿por qué nunca le faltan flores a esa cruz?, ¿quién se las coloca y por qué?”.

Hay tantos interrogantes que hacerse que no deja a nadie indiferente, todo lo contrario. “Y pienso que es porque se trata de una bonita historia de amor que se topó con el dolor de la muerte”.

Hace algunos años, el cronista se planteó algunas de estas cuestiones y solucionó algunas. “La primera, quizás la más fácil, era averiguar quién fue el cantero que talló el conjunto de piedras por las iniciales que dejó inscritas en una de las piedras”.

La tumba en la que la joven fue enterrada.

Antonio Manuel Rodríguez recuerda que en la primera piedra, de forma de prisma rectangular, se puede leer la segunda parte del poema (cinco versos); la segunda pieza pétrea tiene inscripciones en dos laterales: en el lado exterior que da al pequeño pasillo interno se puede leer: “Recuerdo J.J.R.”.

La misteriosa lápida

En el lateral junto a la lápida que tapa la tumba se ubica la primera parte de la inscripción (los cinco primeros versos) con el poema dedicado que dice así: Hoy en pruebas del amor/que te prometí ayer/traspasado de dolor/vengo Carmen a poner/sobre tu tumba esta flor/Pues aunque siempre perdida/por mi desgracia te lloro/aún eres buen que yo adoro/y es tu recuerdo mi vida/y tu tumba mi tesoro.

“El poema no tiene desperdicio y está cargado de un sincero amor y de un fuerte dolor que, sin duda, inspiraron al joven que lo escribió». La tercera piedra, que sirve de base a la cruz, contiene una inscripción, quizás posterior a la fecha de la muerte de la joven, con el texto siguiente: Familiar de Moreno y Reina. La cruz remata el conjunto pétreo en la que se labró la siguiente inscripción en el travesaño: D.E.P.A.

Manuel Rodríguez Rodríguez ha recopilado testimonios de algunas personas mayores y de la familia del cantero. Se trata de Juan Joya Rodríguez, hermano de Manuel, los dos primeros canteros datados en la localidad. Juan, el protagonista, nació el día 6 de febrero de 1885, era hijo de Manuel Joya Moreno, de oficio albañil, y de Concepción Rodríguez Morillas.

“Cuentan sus familiares que era un manitas, una persona muy inteligente y que aprendió varios oficios tan novedosos en el pueblo como la cantería y la electricidad. ?El resto de los pocos datos que disponemos de él los hemos encontrado en los padrones y en algunos otros documentos municipales, así en 1905, con veinte años, aparece como picapedrero”.

Los canteros del pueblo

Su hermano Manuel y él fueron los encargados de extraer y labrar los sillares, desde 1914 hasta 1928 estuvieron suministrando piedra caliza de Gilena para la construcción del monumento a las Cortes en Cádiz hasta llegar a las sorprendentes 1.500 toneladas.

Compartiendo este laborioso trabajo con la piedra, ejerció de concejal desde 1917 hasta al menos 1920 en que el alcalde y empresario Alfonso Díaz le encargó la primera instalación de la luz eléctrica en Gilena.

Murió un 9 de julio de 1923, con solo 38 años, de septicemia (Infección generalizada producida por la presencia en la sangre de microorganismos patógenos o de sus toxinas).

En el acta de defunción aparece como mecánico electricista en cuanto a su profesión, vivía en la calle Molinos, estaba casado con Dolores Pozo Pozo, de cuyo matrimonio nacieron cuatro hijos: Concepción, Juan, Dolores y Manuel Joya Pozo. Los dos hijos varones continuaron el primer oficio del padre: picapedrero.

Juan era un joven prometedor y bastante despierto, y se llegaría a enamorar de una joven del pueblo, con la que comenzó una relación. La joven se llamaba Carmen Pozo Maireles y nació hacia 1886. “No sabemos el tiempo que estuvieron de novios, solo conocemos que a la edad de 22 años ella falleció a las 9 de la mañana del día 23 de septiembre de 1908. Según el libro de defunciones de la Iglesia, era natural de Gilena, vivía en la calle de la Cruz, número 8 y la causa de su muerte fue un cólico infeccioso, según certificó el médico titular, José Benjumea.

La idea del poema

«La muerte siempre causa dolor pero cuando se trata de la pérdida de una persona joven, la pena se multiplica. Esto es lo que le pudo pasar a Juan, cuando contaba 23 años su vida se vio truncada por el fallecimiento de su amada. Su amor sería tan fuerte que pretendió que perdurase en el tiempo el recuerdo de ese sentimiento”, recuerda el historiador.

Como todavía ejercía de cantero, pensó dejar una prueba del cariño que sentía hacia Carmen, convertida en piedra, de ahí el conjunto pétreo que conforma la cruz con la inscripción de la poesía antes referida y que, quizás, “nunca sabremos si la ideó el joven cantero o se la encargó a otra persona, pero queremos pensar que sí, que fue él, hay que estar muy enamorado para poder escribir esos maravillosos versos”.

Gracias a la popularidad que fue adquiriendo con el paso de los años, ha llegado a convertirse en el epitafio más buscado y emotivo del cementerio de Gilena, “un epitafio con historia, en este caso de una bonita y romántica historia de amor».

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