La joven sevillana Ana Verano llegó a Milán de casualidad y ahora parte de su vida está allí

Con 28 años, es graduada en Educación Primaria, con mención en Educación Especial por la Universidad de Sevilla. Ha estado trabajando de Aupair y de camarera, luego se convirtió en responsable de sala, en la capital mundial de la moda y el diseño.

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Rosa Brito. La sevillana Ana Verano tiene 28 años y es graduada en Educación Primaria, con mención en Educación Especial por la Universidad de Sevilla. Ha estado trabajando de Aupair y de camarera, luego se convirtió en responsable de sala, en Milán.

Cuando terminó la universidad empezó a pensar en la idea de irse al extranjero por vivir una experiencia nueva y, sobre todo, por aprender un idioma. Para tener el título universitario necesitaba el B1 en alguna lengua y pensó que la mejor forma de aprender sería irse fuera y sola, de esa forma digamos que, por supervivencia, no le quedaría otra que aprender.

Para poder irse necesitaba dinero y, en ese momento mis ahorros eran un total de 0, por eso se planteó la opción de Aupair. Casa, comida, experiencia, aprender un idioma y un sueldo sin necesidad de invertir mucho dinero. Se inscribió en la página Aupairworld y empezó a buscar por muchas partes: Italia, Reino Unido, Francia… la verdad es que no le importaba el destino, así que puedo decir que Milán fue de casualidad.

Se fue a Milán en octubre de 2017 y estuvo todo un año, hasta noviembre de 2018. Cuidaba a una niña de 3 años. La describe como una experiencia maravillosa. Aprendió mucho, conoció gente e incluso hizo el examen oficial del B1 de italiano. Pero había un problema, la casa no estaba en Milán, estaba en las afueras, un pueblecito pequeño que se llama Macheiro. Entonces decidió que volvería a España, certificaría el idioma, cerraría expediente y en enero volvería para buscar piso, trabajo y vivir la experiencia en la capital y de otra manera. Había conseguido ahorrar durante el año de Aupair, que era al final una de las metas junto con la de aprender.

El bar donde iba siempre con sus amigos.

En enero de 2019 puso de nuevo rumbo a Milán. Estuvo viviendo con la antigua familia hasta que encontró piso, cosa que le llevó 3 meses. Fue una tortura, de hecho, llegó un momento en el que pensó “si en abril no encuentro nada no tengo necesidad de seguir más tiempo aquí, me vuelvo a España”. Pero, entonces, ocurrió el milagro. Encontró un piso donde conviviría con otras dos chicas y en una zona no muy alejada del centro, llena de negocios, bares, parques.

El trabajo lo encontró nada más llegar, en un restaurante español, y empezó a trabajar con contrato y de manera fija cuando se mudó. Es entonces cuando empezó la verdadera experiencia. En el bar, algunos de mis compañeros –actualmente grandes amigos– eran de Sevilla, de Jerez o de Castilleja de la Cuesta, el pueblo de su abuela. No deja de sorprenderle que se encontraran todos allí. Sus compañeras de piso resultaron ser personas excepcionales. Desde abril del año pasado hasta hoy, no es capaz de resumir la cantidad de cosas que ha vivido y lo intenso que ha sido todo.

Milán, la ciudad de la moda

Milán es una ciudad grande, muy industrializada. Allí los eventos de moda, de diseño o de cualquier tipo están a la orden del día, cada mes hay, al menos, dos o tres. Aun así, lo que más le llamó la atención fue que está lleno de árboles, mires donde mires, entre los grandes edificios, los coches y el caos, siempre hay verde.

Vivir allí es un caos, no lo puede comparar con España. Al final siempre lo compara con Sevilla, o con el sur. Le ha costado tiempo y esfuerzo acostumbrarse y a no dejarme llevar por esa ansiedad y estrés. Los habitantes, en general, son personas más frías, si los comparamos con las personas y la forma de vivir en Sevilla. Aquí cada uno va a lo suyo, sin pararse a mirar al otro. Lo bueno es que, al final, Ana ha encontrado a personas maravillosas que son de corazón caliente.

Sevilla Mía

Foto post cuarentena en el Duomo

Ana ha tenido muchos lugares favoritos, desde el bar donde se reunían siempre para beber cerveza  hasta el parque que está al lado de su casa, que está lleno de árboles y flores. Pero en general, se queda con los barrios. Milán, no es solo el Duomo, como mucha gente piensa, ha descubierto que la verdadera Milán, o quizás la parte que a ella le gusta, es la que se esconde entre calles donde la gente parece más tranquila, son los lugares menos concurridos, los bares pequeñitos, las casas antiguas… y por supuesto, la parte del canal, Navigli. Puede que incluso sea porque le recuerda a Sevilla. Al final, cuando llevas tiempo fuera de casa, buscas los sitios que te recuerdan o te hacen sentirte un poco en casa y pasa lo mismo con las personas.

Si tuviera que elegir una anécdota no sabría cuál elegir. En este último año ha vivido muchísimas cosas, desde la aventura de encontrar piso, hasta ver como un amigo –al principio compañero de trabajo, de Sevilla– se aventuraba a abrir su propio restaurante Sevilla Mía. Ver crecer el proyecto ha sido fascinante. Desde la firma del alquiler del local, hasta que pusieron el primer azulejo, traído de Sevilla, en la pared.

Parte de su vida está ahora en Milán

Teniendo en cuenta todas las cosas que ha vivido hasta hoy, puede decir que la experiencia está siendo completa. Como todas las cosas en la vida hay momentos difíciles, momentos de felicidad, momentos de estrés o tristeza, pero todo ello al final cuenta, y te hace crecer, evolucionar. Mentiría si dijese que todo ha sido positivo. Podría decir que ha estado equilibrado, y al final es eso lo que lo hace especial. Todos los momentos cuentan. Llegó con la idea de un año pero poco a poco ha ido construyendo cosas, incluso sin darse cuenta, y ahora parte de su vida está allí.

Se puede decir que el mayor obstáculo lo está pasando ahora. Perdió el trabajo el 30 de abril y ahora se veo en medio de una pandemia mundial enviando currículos. A veces, se sorprende a si misma riéndose de la situación, como se suele decir “me rio por no llorar”. En este punto, no sabe si seguirá allí por mucho más tiempo o si volverá a Sevilla. Al final, incluso echando de menos su casa y su familia, no le resultaría fácil dejar todo lo que ha construido en Milán.

Sevilla es su casa

Por el momento no tiene pensado volver a Sevilla, siempre y cuando pueda reorganizar y seguir adelante en Milán.  “No sabes cuantas veces, desde que estoy aquí, los italianos me han dicho que cómo se me ha ocurrido dejar Sevilla para venir a Milán. Al principio mi respuesta siempre era, que tenían razón, no lo sabía ni yo. Con el tiempo me di cuenta de que la respuesta justa era otra. Lo que empecé a decir era que necesitaba un cambio, que necesitaba salir de mi zona de confort y que Sevilla siempre estará ahí para mí, no importa el tiempo que pase, no importa cuantas cosas puedan cambiar, mi tierra estará ahí pa’ mí y es verdad”, asegura.

Se hizo un tatuaje. Noniná en el brazo.

Lo que más echa de menos es escuchar a la gente hablar. Le encanta escuchar a la gente, el acento, el calor y la cercanía en las palabras, incluso con desconocidos. En cuanto baja del avión y escucha a los sevillanos piensa “ya estoy en casa”. Lo que echa de menos, al final, son los detalles, las cosas que pasan en Sevilla y no pasan en ninguna otra parte. El camarero que le grita al de la barra “niño dos cervezas pa la mesa 2”, el olor de las calles a azahar si es primavera o a incienso en cuaresma. El “ojú que caló más mala” de la gente en agosto… Todos esos detalles que siempre han estado ahí, que los tenemos asimilados, estamos habituados a ellos pero que, cuando estás fuera tanto tiempo y vuelves, es como si le dieras el valor que se merecen.

“¿Sabes una cosa? No quiero animar a los sevillanos a que se vayan al extranjero. Quiero animarlos a que hagan lo que realmente les apetezca. Desde hace unos años a aquí irse al extranjero se ha convertido casi en una obligación si quieres crecimientos, ya sea profesional o personal, y si no lo haces es como si te quedases atascado, como si no tuviese el mismo valor hacer las cosas en tu tierra, como si intentar crecer profesionalmente sin moverte de casa fuese un gran error. Al final, cada uno hace lo que quiere, y que no es ni mejor ni peor”, piensa Ana. “Para todos aquellos que piensas en irse, que han tomado la decisión de probar la experiencia fuera sí les diría que adelante, que puede que el crecimiento profesional tarde en llegar, pero que, en lo personal, ya sea por que se convierta en una experiencia maravillosa o porque resulte un completo desastre, cuenta. Cada error, cada obstáculo, cada barrera de superar solo suman y te hace crecer y evolucionar. Para los que se lo están pensando, para los que creen que “es que si no me voy me voy a atascar” les diría de reflexionar sobre la situación y de no sentirse en obligación de hacer algo que quizás no quieran porque socialmente sea un error”, añade.

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