Carmen González. Millones de personas levantan la vista para contemplar la Giralda cada año. Su altura, el Giraldillo o sus característicos paños de sebka acaparan toda la atención. Sin embargo, muy pocos reparan en un detalle que se encuentra justo a sus pies. Integradas en la base de la torre, varias lápidas romanas recuerdan que, mucho antes de convertirse en el gran símbolo de Sevilla, este lugar ya formaba parte de la antigua Hispalis.
Son piezas que pasan prácticamente desapercibidas para la mayoría de visitantes. Sin embargo, constituyen uno de los testimonios más curiosos de cómo la ciudad ha reutilizado su propio pasado para construir su futuro.
Un legado romano incrustado en un monumento almohade
La Giralda comenzó a levantarse en 1184 como alminar de la gran mezquita almohade de Sevilla. Para construir sus cimientos y parte de su basamento, los arquitectos recurrieron a una práctica muy habitual durante la Edad Media: reutilizar materiales procedentes de edificios anteriores.
Entre esos elementos se encuentran varias piezas romanas, entre ellas dos lápidas funerarias de mármol que todavía hoy permanecen visibles en la base de la torre. No se trata de reproducciones ni de elementos decorativos añadidos posteriormente. Son inscripciones auténticas que pertenecieron a la Sevilla romana y que acabaron formando parte de la estructura del monumento almohade.
Piedras que hablan de la antigua Hispalis
Las lápidas conservan fragmentos de inscripciones en latín dedicadas a ciudadanos de la antigua Hispalis. Aunque el paso del tiempo ha desgastado parte de los textos, todavía es posible distinguir algunas letras grabadas hace casi dos mil años.
Su presencia demuestra que la ciudad nunca dejó completamente atrás su pasado romano. Cuando los almohades levantaron la Giralda, aprovecharon materiales procedentes de construcciones anteriores, otorgándoles una nueva función dentro de uno de los edificios más importantes del islam occidental.
Esta reutilización de elementos antiguos recibe el nombre de spolia, una práctica frecuente en la Antigüedad tardía y en la Edad Media. Más allá del ahorro de materiales, numerosos investigadores consideran que también podía transmitir un mensaje simbólico, al incorporar el prestigio o la memoria de civilizaciones anteriores a los nuevos edificios.
Un detalle que casi nadie mira
Resulta curioso comprobar cómo miles de turistas rodean la Giralda cada día sin detenerse en estas piedras.
La mayoría dirige la mirada hacia lo alto, mientras las lápidas permanecen casi ocultas entre los sillares del basamento. Solo quienes se acercan con calma descubren que algunas piezas presentan un color diferente al resto de la fábrica y conservan líneas grabadas que delatan su origen romano.
Es uno de esos pequeños secretos que convierten un paseo por Sevilla en una experiencia diferente. La historia de la ciudad no solo se encuentra en grandes monumentos o museos. A veces aparece integrada en los propios muros, esperando a que alguien repare en ella.
Tres ciudades en un mismo monumento
La Giralda constituye uno de los mejores ejemplos de la superposición de culturas que caracteriza a Sevilla.
En su base sobreviven vestigios de la Hispalis romana. Sobre ellos, los almohades levantaron a finales del siglo XII el gran alminar de la mezquita mayor. Tras la conquista cristiana de la ciudad en 1248, la torre cambió de función y, durante el siglo XVI, Hernán Ruiz II añadió el cuerpo de campanas renacentista que hoy completa su silueta.
Pocos edificios reúnen de forma tan evidente la huella de tres grandes etapas de la historia de Sevilla.
Mirar hacia abajo para descubrir otra Giralda
La próxima vez que visites la Giralda, quizá merezca la pena hacer justo lo contrario de lo que hace casi todo el mundo. En lugar de levantar inmediatamente la vista hacia el Giraldillo, detente unos instantes frente a su basamento.
Allí, entre los grandes bloques de piedra, permanecen unas discretas lápidas romanas que llevan casi veinte siglos contemplando la evolución de Sevilla. Son un recordatorio de que la ciudad se ha construido capa sobre capa y de que, en ocasiones, algunos de sus mayores tesoros no están en lo más alto de sus monumentos, sino precisamente a sus pies.



