Iwasaki, con mapa

El reconocido autor afirma que vivir en Sevilla le ha permitido enriquecer todavía más su sentido humorístico de la vida.

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Fernando Iwasaki en su biblioteca. / Foto: Vanessa Gómez B.

Fátima Bermúdez-Coronel. Nos encontramos con Fernando Iwasaki Cauti, peruano de apellido japonés y español-sevillano. Escritor, historiador, filólogo, columnista, gestor
cultural y profesor titular de la Universidad Loyola de Andalucía.
Nos hallamos en su biblioteca, un lugar cálido, acogedor, rodeados de miles de libros, premios y obras de arte. Nuestro entrevistado es una persona encantadora, ameno, muy culto y cercano; con una voz que cuando te habla te envuelve. Y acaba de publicar una nueva edición -corregida y aumentada- de Sevilla, sin mapa en la editorial Serie Gong.

P- Sevilla, sin mapa es otro libro -uno más- sobre una ciudad que ya contaba con una amplísima bibliografía. ¿Por qué se escribe tanto acerca de Sevilla?

R- La Sevilla que maravilló al mundo, fue la ciudad que durante los siglos XVI, XVII y XVIII se convirtió en «Puerta de América». Aquella fue la Sevilla de Cervantes y Lope de Vega, Murillo y Velázquez, Mateo Alemán y Quevedo, pero también la Sevilla del Inca Garcilaso y Santa Rosa de Lima, de Sor Juana y Pablo de Olavide. Tras el fin del monopolio comercial, la llama de aquella Sevilla fue mantenida con vida por los escritores, músicos y artistas extranjeros que crearon las grandes leyendas sevillanas -Don Juan, Carmen y Fígaro- a lo largo de los siglos XVIII y XIX. Esa es la Sevilla literaria que he procurado atender en Sevilla, mapa y cuyo linaje me concierne.

Portada del libro ‘Sevilla, sin mapa’.

Pero existe otro acervo libresco -el de Sevilla como género literario- creado por autores como los hermanos Quintero, José María Izquierdo, Joaquín Romero Murube, Rafael Laffón, Juan Sierra y Manuel Ferrand, cuyo canon ha sido definido, dilucidado y ordenado por Antonio Burgos, quien además ha sido capaz de hacerle espacio en su tradición a Bécquer, Cernuda y Chávez Nogales. Esa es otra corriente literaria sevillana -más bien castiza-, que convive y dialoga con la universal, creada por la mirada de los escritores, artistas y músicos extranjeros que he reunido en Sevilla, sin mapa.

P- Me llama la atención el papel que le ha concedido a Antonio Burgos en ese canon que ha llamado «de Sevilla como género literario».

R- Bueno, ¡es que incluso el concepto es suyo! Todo lo que Madrid le debe a Ramón Gómez de la Serna y Andrés Trapiello, se lo debe Sevilla a Antonio Burgos, porque a través de miles de recuadros Burgos ha establecido los paradigmas de lo sevillano y la sevillanía, desde el habla popular hasta la flora urbana, pasando por la Feria, la Semana Santa, el flamenco, los bares, la copla, los arquetipos, las tapas y el callejero. Antonio Burgos no sólo ha creado un género literario llamado Sevilla, sino un espacio mediático -el suyo- que tiene tantos seguidores ortodoxos y heterodoxos, como detractores enamorados y resentidos. Creo que podríamos decir que existen hasta negacionistas de la Sevilla de Antonio Burgos; pero, bueno, yo había venido a hablar de mi libro.

El escritor, recibiendo de manos del rey el premio Don Quijote de Periodismo, en 2015. / Foto: Efe 2015.
P- ¿Qué aporta Sevilla, sin mapa, que pueda sorprendernos a los sevillanos?

R- No sé si todavía es posible sorprender a los sevillanos, pero me congratulo de haber localizado las fechas de dos de las corridas que Orson Welles toreó en la Maestranza. También me place haber sugerido que la Lolita de Nabokov pudo tener un palimpsesto sevillano llamado Conchita Pérez. Pero lo que más me ha satisfecho ha sido precisar que la última escena de la novela póstuma de Thomas Mann -Confesiones del estafador Félix Krull- transcurría en realidad en la Maestranza sevillana, aunque en la novela el narrador alemán nos dijera que se trataba del coso lisboeta de Campo Pequeno. En el libro hay otros episodios divertidos y personajes memorables que pasaron por Sevilla, como Lord Byron, Jorge Luis Borges o Stefan Zweig, junto a otros -más bien- extravagantes como Lady Tenison, John Lomas y Leopoldo Tamaral, pero si debo elegir tres aportes, serían los que he citado.

P- La fama y la leyenda de Sevilla, ¿gozarían -por lo tanto- de buena salud, según su criterio?

R- Pues si le digo la verdad, no estoy muy seguro, porque las películas y las series contemporáneas que muestran a Sevilla sin Sevilla, pueden terminar desfactualizando a nuestra ciudad, como advierte Byung-Chul Han en su libro Hiperculturalidad. De hecho, no es lo mismo venir a Sevilla para conocer sus tradiciones y sus monumentos, que venir en busca de la plaza del planeta Naboo, de los Jardines del Agua de Dorne o de la explanada de Desembarco del Rey.
Sería terrible que a Sevilla le pasara lo que le ocurrió a Tánger: que la película destinada a pregonar su belleza y cosmopolitismo se tituló… Casablanca. No obstante, lo que es un hecho es que habrá que ir teniendo en cuenta las series y películas, tanto como he considerado los libros y la música en Sevilla, sin mapa.

P- ¿Me está queriendo decir que Sevilla, sin mapa sigue siendo un libro abierto?

R- Quizá no Sevilla, sin mapa; pero Serie Gong me ha encomendado la dirección de una colección que se titulará -precisamente- «Sin mapa», donde le pediré a distintos escritores de España y América Latina, que elijan una ciudad sobre la que puedan escribir a través de películas, cafés, óperas o cómics, tal como yo escribí acerca de Sevilla a través de la mirada de creadores extranjeros. El único requisito que pediré es que los autores no sean originarios de las ciudades sobre las que van a escribir. Ya encargué París, Nueva York, Barcelona y Buenos Aires; pero no todas tienen que ser grandes metrópolis. ¿Por qué no Las Pajanosas, sin mapa?

Helarte de amar, publicado en 2006.
P- Fernando Iwasaki, como escritor, abarca muchos y distintos géneros: cuentos, crónicas, relatos, novelas, ensayos o artículos; en los que combina distintos temas con inteligencia ironía y fino humor del que sabe reír y reírse de uno mismo. Libro del mal amor, Helarte de amar. ¿Cuánta importancia tiene el humor y la ironía en sus escritos?

R- ¿El humor o el amor? Creo que el humor es importantísimo, pero tener humor no te hace superior. Nadie es superior por tener humor. Hay personas que no cultivan el humor o no lo practican. Sin embargo, su sensibilidad, su profundidad, su hondura, nos enriquecen; aunque a mí me parece que el humor permite que disfrutemos más. Sospecho que, gracias a mi madre, siempre he creído en el humor a primera vista.

Mi madre nos enseñaba los refranes de su abuela, nos educaba con ejemplos muy divertidos y sus lecturas estaban perfumadas de humor. Entonces, aquello nos creó una manera de estar en el mundo y así la he mantenido desde que era niño, pues no la considero un artificio. Más bien, siento que es un «sexto sentido» que se ha potenciado desde que vivo en Andalucía, ya que el carácter, el talante y la idiosincrasia de muchas personas en Andalucía generan una complicidad que nos concierne a caribeños, rioplatenses, mexicanos, peruanos y chilenos, de una forma especial. Por lo tanto, vivir en Sevilla, vivir en Andalucía, me ha permitido enriquecer todavía más mi sentido humorístico de la vida. Y estoy muy agradecido a mi madre, porque desde niño me enseñó que, cuando no eres ni guapo ni rico, por lo menos tienes que ser divertido.

Iwasaki considera en el entorno cultural como una fuente clave. / Foto: Macarena Domínguez Navarro.
P- Tiene una familia de artistas. Su mujer, Marle, sus hijos, hermanos… Aquí diríamos que llevan el arte en las venas. Abunda la creatividad, la imaginación, la inventiva. Aparte de la genética, ¿qué cree que ha incidido para ello?

R- En lo que creo es en los entornos culturales. En mi casa se hacía todo cantando. La música era importantísima para nosotros. Mi tío Daniel, el hermano de mi mamá, aparte de ser un médico eminente y un hombre muy divertido, era además un gran músico. Me apena que haya fallecido sin que sus canciones hayan sido grabadas. He tratado de grabar alguna, pero mis primos no se animan a registrarlas y yo no puedo hacerlo porque no soy su heredero legítimo. Sin embargo, en casa todos se hacía con música y los hermanos siempre hemos cantado y tocado instrumentos. He mantenido esa tradición con mis hijos y, tal vez, quienes cantan o viven con la música desde niños tienen la posibilidad de aproximarse a otras expresiones artísticas, porque la música nos prepara para leer poesía y descubrir narraciones.

Por otro lado, la música nos permite crear o representarnos a criaturas que podrían ser personajes teatrales o novelescos, por no hablar del cine, que no es posible disociar de la música. Cuando era niño veía las películas de Disney y -aunque no existían los recursos que hay ahora para ver una película muchas veces- salía de los cinemas cantando las canciones. Las canciones del oso Baloo -por ejemplo- me las aprendí el mismo día que me llevaron a ver el Libro de la selva y cuando nacieron mis hijas descubrí que las conservaba frescas en la memoria. Ciertos episodios de Los Picapiedra los recuerdos gracias a las canciones. Por lo tanto, la música para mí ha sido una suerte de correa de transmisión de la memoria y de la sensibilidad.

Iwasaki, en su espacio de trabajo. / Foto: Marle Cordero.

Así, es lógico que la música haya permitido e incluso propiciado el interés por otras expresiones artísticas, pues lo veo en mis hermanos y por supuesto en mis hijos. Me parece algo natural. En cambio, cuando contemplo las dinastías de matadores -el abuelo torero, el hijo torero y el nieto torero- eso me produce un gran respeto, porque pienso que ahí hay algo más. Es decir, algo más que una «genética». Ahí aprecio -sobre todo- una intención, una educación y una orientación. Ningún niño espontáneamente se pone delante de un toro, salvo que haya visto a su padre o a su abuelo hacerlo. O que lo hayan llevado a las tientas o a contemplar al ganado bravo en el campo y luego a las plazas para cultivar su afición.

La música es otra cosa. La música estaba en los discos de vinilo que ponían mis padres cuando era chico y se ponían a bailar en el salón de casa. Esos discos los recuerdo muy divertidos porque a mi mamá le encantaba Ray Conniff. Y no puede haber algo más hortera que Ray Conniff, ¿no? Ahora no sería capaz de escuchar las versiones de de los Beatles por Ray Connif, pero cuando era niño y escuchaba el «Tema de Lara» de Doctor Zhivago interpretada por Ray Conniff, no podía hacer ninguna comparación.

Ahora sí, ahora puedo compararlas y me doy cuenta de lo hortera que era Ray Conniff en realidad: pero lo digo con melancolía y con cariño. De hecho, cuando cerramos la casa de mis padres, me traje de Lima algunos discos y entre los de Ray Conniff. O sea, que reconozco que tengo esa pulsión hortera y me da risa admitirlo, porque pienso que reconocer estas cosas tiene que servir para reírse de uno mismo.

P- Vuestros tres hijos se han formado de un modo libre, sin cortapisas para elegir su futuro. Los habéis animado a elegir en libertad, en la coherencia de lo que quieren ser y los habéis animado a conseguirlo. Me refiero a que habéis educado a vuestros hijos en no pensar si con la creatividad pueden lograr un medio de vida, sino en que sean felices.

R- Pero eso es una conquista de nuestra época, Fátima. Mi padre no quería que estudiara historia. En realidad, tampoco quiso que estudiará música, ni quería que estudiara bellas artes ni mucho menos otras carreras que me interesaban y que a él le parecían hobbies. Antiguamente elegíamos las carreras pensando que ellas tenían que servirnos para ayudar a nuestras familias. De hecho, cuando me instalé en Sevilla 1989, durante mis dos primeros años y sin tener una estabilidad económica consolidada, mandaba dinero a Lima para ayudar a mi padre a pagar la universidad de mis hermanos menores. Hacerlo era para mí una ineludible responsabilidad.

La obra ‘Mi Poncho es un Kimono Flamento’ afronta la cuestión identitaria con una visión abierta e inteligente.
P- Fernando es una persona muy culta, y con una gran facilidad de conectar con sus lectores. Me encanta su lectura porque escribe en un lenguaje común. Pienso en libros como Mi poncho es un kimono flamenco y Mírame cuando te ame. ¿En que se inspira para escribir?

R- Mi poncho es un kimono flamenco es un libro de ensayos y Mírame cuando te ame una novela corta. Mi poncho es un kimono flamenco anuncia desde el título que el tema es la identidad, asunto que en España genera enormes conflictos, porque existen movimientos separatistas que usan como argumento una identidad excluyente. Sin embargo, para mí la identidad es algo inclusivo y que se enriquece, en lugar de cerrarse sobre sí misma.

Y no lo digo sólo por ser un peruano de origen japonés que vive en Andalucía, sino porque además me siento peruano y latinoamericano, andaluz y español, europeo y asiático. En Mi poncho es un kimono flamenco he tratado de abordar esa diversidad y -ojalá- consiga conectar con los lectores. La UNAM de México publicará este año una nueva edición aumentada y estoy muy ilusionado con su inminente aparición.

‘Mírame cuando te ame’, novela sobre la relación entre un joven y una mujer madura.

Mírame cuando te ame, en cambio, es una novela breve acerca de la educación sentimental de un joven que tiene la ocasión de iniciarse en la sexualidad con una mujer madura, privilegio que a fines de los 70 del siglo pasado era algo inusual y extraordinario, pero que en esta era de redes y Tinder se ha convertido en algo casi vulgar, pues entonces nadie hablaba ni de «yogurines» ni de «cougars».

En cambio, a fines de los 70 la vida galante era un pretexto para poder hablar de Rayuela, Erich Fromm y las diosas blancas con alguien que sabías que sabía más que tú. Por lo tanto, creo que podría decir que me inspiro en temas que tal vez no disfruten de gran popularidad, porque lo que ahora se lleva es la identidad excluyente y monolítica, por no hablar de la pérdida de interés en Rayuela, Erich Fromm y las diosas blancas.

P- ¿Cuánto de autobiografía o escritura del yo hay en sus creaciones?
Respóndame a través de Las palabras primas, El descubrimiento de España y Somos libros, seámoslo siempre.

R- Borges decía que todos los libros con más de cien páginas se vuelven autobiográficos y sin duda tenía razón. Montaigne, por ejemplo, el creador del ensayo, lo reconoció así cuando escribió Je suis moi même la matiere de mon livre (“Yo soy la materia de mi libro”). Y por eso agradezco la pregunta, porque me permite hacer hincapié en la ambición autobiográfica de mis ensayos. En Las palabras primas me esforcé por explicar la perplejidad de un hablante hispanoamericano que debe comunicarse con hablantes peninsulares, sin perder de vista la naturaleza periférica del habla limeña y del habla andaluza.

Portada de ‘El Descubrimiento de España’.

En El descubrimiento de España busqué una escritura a caballo entre las memorias, el ensayo y la ficción, con la finalidad de compartir mi idea de España adquirida en el Perú y los hallazgos que hice en España desde que llegué en 1985. Y en Somos libros, seámoslo siempre, me limité a hacer inventario de lecturas, género que -según Óscar Wilde y Ricardo Piglia- es lo más parecido a escribir una autobiografía. Sería más sencillo hablar de la escritura del yo en los cuentos de Helarte de amar o en mi novela Libro de mal amor, pero conseguirlo a través de ensayos como los que he citado, produce mucha más satisfacción.

P- ¿Fabular es mentir? ¿Ha mentido usted en Un milagro informal?

R- La literatura y la verdad tienen una relación difícil, pues lo verdadero pertenece al dominio de la historia, como lo veraz pertenece al dominio del periodismo. A la ficción le basta con ser verosímil, lo que quiere decir que tenemos tres esferas diferentes: lo verdadero, lo veraz y lo verosímil. Es un error creer que la literatura debe decir la verdad, porque su esfera es otra. Sin
embargo, a mí me interesan muchísimo esos pliegues de la realidad, donde lo verdadero parece inverosímil. Un milagro informal fue una suerte de selección de mis relatos, publicados por Alfaguara como lanzamiento previo de mi novela Neguijón.

No obstante, uno de los cuentos que incluí fue «El derby de los penúltimos», quizá el relato del que me siento más satisfecho, porque todas las veces que lo he releído me ha sorprendido incluso a mí. Seré rotundo: nunca lo habría escrito sin recurrir a las «mentiras verdaderas» de la literatura.

Portada de ‘rePublicanos’, premiado por Algaba en 2008.
P- Qué tiene más importancia en su obra: ¿la literatura hispanoamericana o la ibérica? Ambas dialogan en RePublicanos: Cuando dejamos de Ser Realistas, el VI Premio Algaba de Ensayo que ganó en 2008.

R- Para mí, la literatura escrita en español, que es mi lengua y en la que puedo expresarme de una forma que jamás podría hacerlo en otro idioma, tiene la máxima importancia. Llevo décadas dándole prioridad a los autores de habla hispana, porque acudo a numerosos festivales literarios y ferias del libro de España y América Latina, donde jamás van a preguntarme por Paul Auster, Philip Roth o Murakami. Más bien, mis anfitriones quieren saber cuál es mi conocimiento de la literatura de sus países y no me puedo permitir ser un ignorante.

Por otro lado, soy un resuelto partidario del diálogo entre escritores españoles y latinoamericanos, a quienes mezclo y reúno en congresos, antologías y cursos de verano. Porque la fuerza del español debemos crearla entre todos y no cada uno envolviéndose en su bandera. Y, por último, no se me olvida que vivo en Andalucía y por lo tanto me concierne lo que se escribe en esta región del español. Por eso edité en México la antología de narradores andaluces Macondo boca arriba o me involucro con editoriales como la sevillana Renacimiento, por no hablar de mi cariño y admiración hacia Juan Bonilla, Felipe Benítez Reyes o Abelardo Linares.

Portada de la novela ‘Neguijón’.
P- Como conocedor de la literatura española, le pregunto sobre el Siglo del Oro. Y como admirador de Cervantes, Quevedo y El Inca Garcilaso, me intereso por su novela Neguijón. ¿Qué hay de barroco en sus obras?

R- He dedicado más de veinte años a investigar el barroco, pues mi tesis doctoral fue sobre la Lima colonial y su corte de milagros, esplendente de figuras de santidad. De aquella tesis de historia se desprendieron dos libros de ficción – Inquisiciones Peruanas y Neguijón– impregnados del imaginario barroco. Cervantes y Quevedo se enfrentaron en vano contra aquella cultura contrarreformista, y por eso sus obras instilan disidencia y rebeldía. Por eso el Quijote era -según Roger Bartra- un melancólico creado para hacer reír a otros melancólicos, apelando a una locura fingida -en el siglo de la santidad fingida que no podía ser reprimida por los comisarios del dogma. Quevedo tuvo peor suerte, pues sus sátiras directas y rotundas le ganaron numerosos enemigos que no cejaron hasta verlo preso y enfermo. Con Neguijón quise proponer una trama
barroca -la búsqueda y captura del gusano que podría los dientes- que uniera Lima y Sevilla, para demostrar que la metrópoli y sus colonias ultramarinas compartían una misma mentalidad. Y, bueno, también me hacía ilusión sugerir que la mariposa latinoamericana del realismo mágico, alguna vez fue un gusano barroco español.

P- ¿Los escritores venden humo? ¿En España, aparta de mí estos premios quiso insinuarlo?

R- Dependiendo de las expectativas del lector, el humo puede ser un fraude, un estimulante o un vicio. A quienes piensen que la ficción literaria es un fraude, jamás podré convencerlos de lo contrario. Sin embargo, escribimos para los que sienten el estímulo del humo y hasta la adicción de ese humo. En realidad, la ficción ya ni siquiera la encontramos en formato libro, sino en series, películas, podcasts y vídeos.

‘España, aparta de mi estos premios’, una visión crítica de ciertos hábitos en nuestro país.

El Quijote contemporáneo no enloquecería por leer libros de caballerías, sino por ver demasiadas series. España, aparta de mí estos premios tiene como hilo conductor esos premios más municipales que literarios que se convocan a lo largo de todo el territorio español. Pero en realidad sus tramas adquieren sentido cuando los protagonistas entran a formar parte del espectáculo audiovisual de la prensa amarilla y del famoseo. Y aquí me pregunto: ¿de qué viven las criaturas que concursan cocinando, bailando, chismeando y zanganeando por islas, chalés y platós? ¿qué tipo de humo es el que exhalan esos programas? Quizá esa sea la pregunta más importante.

P- ¿Qué distancia hay entre el Fernando de hoy y el de hace treinta años? Pienso en su primer libro -Tres noches de corbata- que ya superó esa edad.

R- Treinta años después todo se ve más fácil y al mismo tiempo distorsionado. Así que prefiero quedarme con lo que no admite discusión: cuando publiqué mi primer libro tenía 26 años y era profesor titular en mi universidad. Sin duda aquella colección de relatos está llena de defectos y mi inmadurez era flagrante. Pero gracias a que me atreví a publicarla en Lima. Reuní el valor suficiente y necesario para seguir escribiendo ficción en España, cuando me vi en la necesidad de abandonar el camino académico para buscarme las habichuelas en la gestión cultural y las colaboraciones en prensa.

‘Tres noches de corbata’, primer libro de Iwasaki.

La literatura era mi segunda o tercera vocación en Lima, pero cuando no pude ejercer mi profesión de historiador en Sevilla, la escritura acudió al rescate de mi familia y de mi vida.
Esa es la verdadera distancia que reconozco: saber que todas mis vocaciones han crecido desde entonces y que jamás se marchitaron.

P-¿Se puede vivir de la literatura como del fútbol? Lo pregunto porque uno de sus libros se titula El sentimiento trágico de la Liga.

R- Si dijera que no se puede vivir de la literatura sería injusto. Conozco a varios escritores que felizmente viven con holgura gracias a sus libros. No es la mayoría, aunque existen y se puede comprobar. Ahora bien, lo que entiendo por «vivir de la literatura» está en función del tipo de vida que cada uno desea llevar. En mi caso, con familia numerosa e inversiones a largo plazo para ser propietario de una vivienda. ¿Cuántos escritores de mi edad o menores que yo han elegido tener una vida como la mía? Muy pocos. Y que conste que no presumo de mis opciones. Sólo son válidas para mí, pues si un escritor o escritora decide no tener hijos o tenerlos después de los 45, ¿quién soy yo para juzgarlos?

El ‘Sentimiento trágico de la liga’, es una colección de artículos periodísticos y reportajes del escritor.

Yo quise ser padre a los 26 y a los 34 tenía tres hijos maravillosos. ¿Podía vivir de la literatura en esas condiciones? No, pero lo admito sin ningún trauma o frustración, pues he vivido como he querido. Y en ese sentido, El sentimiento trágico de la Liga -que es un libro bético- está muy bien traído, porque los béticos sabemos que no estamos obligados a ganar ni la Liga ni la Champions, pero que vamos a dar guerra disfrutando y divirtiéndonos, porque los béticos no necesitamos terapias de autoayuda, pues ser bético ya es terapéutico.

P-En este año y medio tan complicado que nos ha tocado vivir, parece que se ha leído más que nunca.

R- Todo es posible, aunque también se han visto más series y películas que nunca. Pero lo siento por el teatro, los conciertos y la música en vivo, que dependen tanto de la asistencia y la complicidad del público. Amazon se ha puesto las botas durante el confinamiento, aunque los libreros han creado la plataforma www.todostuslibros.com, que animo a utilizar. En cualquier caso, espero que la lectura haya crecido por placer y no por falta de alternativas. Y si ahora existen más lectores agradecidos, ojalá que el impulso no se pierda.

P-Por último, recomiende una lectura para estos momentos.

R- Recomiendo dos ensayos: uno de Antonio Pau publicado por Trotta: Manual de escapología. Teoría y práctica de la huida del mundo y -por supuesto- El infinito en un junco (Siruela) de Irene Vallejo, uno de los grandes libros del milenio.

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