La misteriosa vida de Enríquez Gómez, un escritor judío en la Sevilla del XVII

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Virginia López. En la historia de nuestra ciudad, plagada de singularidades, es encuentra la misteriosa vida de Antonio Enríquez Gómez. Este viernes 18 se ha clausurado en la Facultad de Filología de la Universidad de Sevilla el XIII Seminario Internacional Áureo, dedicado a la estancia sevillana del escritor judío. Merece la pena dar a conocer su obra y en el caso que nos ocupa, su interesante trayectoria vital.

Grabado con la imagen de Antonio Enríquez Gómez.

Actos como éste quedan encerrados en los pétreos muros de la Fábrica de Tabacos sin que llegue al público en general. Pero dado mi afán por dar a conocer, precisamente, lo más desconocido, no encuentro mejor tema para mi artículo de hoy.

De por sí, el término áureo se nos escapa y se nos antoja más propio de lo científico, alquimista diríamos, por añadirle un toque literario; se trata de la versión cultista para denominar la época del Siglo de Oro de la literatura española, que abarca los siglos XVI y XVI.

La figura de Antonio Enríquez o mejor dicho, su conocimiento, está muy limitado, reduciéndose a ámbitos de crítica literaria. Pero escogió Sevilla para vivir y escribir y aquí halló la muerte a manos de la Inquisición.

También contribuye a su poco conocimiento que él usara otro nombre en nuestra ciudad, los falsos atributos que se dio a su biografía en el siglo XIX y que su revisión por parte del hispanista israelí Salvator Révah, aunque se realizara en los años 60 del pasado siglo, no vio la luz hasta principios de éste.

Cuadro ‘Auto de Fe’, de Francisco de Goya.

La biografía de Antonio Enríquez Gómez, que nació en Cuenca hacia el año 1600, no se entiende sin la de su familia manchega que estaba formada por criptojudíos, es decir, judíos conversos que seguían practicando la religión judía de una forma, en ocasiones, manifiestamente abierta. Eran los que la sociedad llamaba “marranos” y cuya presencia molestaba especialmente al Santo Oficio como muestra del fracaso persistente en la conversión a los judíos. Por no hablar de la imposibilidad de atajar las ideas no católicas provenientes de Europa, que se filtraban acuosamente por las capas de la sociedad.

Siguió la tradición de comercio de paños de su familia y en 1616 se instala por primera vez en Sevilla, trabajando con su tío paterno el cual será apresado por la Inquisición. Ésta hacía oídos sordos a la propia ley mosaica de considerar judío al hijo de judía. Por ello no dudó en apresar a miembros de esta familia. Siempre la tuvo en vigilancia. Su estirpe paterna era judía – los Mora –. No sin embargo la paterna – los Enríquez – que cambió de apellido por la abuela Leonor Enríquez que era cristiana vieja.

Cartel del Seminario recientemente celebrado.

Francisco de Mora Molina, abuelo del escritor y que también era poeta, murió en la hoguera en agosto de 1592. Sus hijos Diego y Antonio Enríquez Villanueva fueron procesados por vestir con paño fino, terciopelo y seda, prohibido para hijos de un condenado por el Santo Oficio.

Nuestro protagonista se casará con Isabel Basurto, natural de Zafra y cristiana vieja con la que tuvo tres hijos, uno también escritor y que acabarán en Francia.

Se instala en Madrid a partir de 1622 y empieza a escribir obras dramáticas. El primer estreno documentado de una obra suya tiene lugar el 18 de mayo de 1633 cuando se representa Fernán Méndez, una pieza adaptada de la Peregrinaçao sobre este popular personaje portugués y que fue atribuido a Lope de Vega.

Enríquez Gómez formó parte del círculo de aquél a quien llamó el “Adán de la comedia” y a quien no duda en ensalzar en su obra Sansón Nazareno, un poema dedicado al personaje bíblico en cuyo prólogo ensalza a otros autores y habla de su propia producción:

Callejón de la Inquisición.

“En mi tiempo, dejando aparte el Adán de la comedia que fue Lope, hubo muchísimos poetas. Don Antonio de Mendoza, secretario de Apolo, se llevó el Palacio; el doctor Juan Pérez de Montalbán, entre muchas comedias que escribió, puso en las tablas la De un castigo dos venganzas, con que se vengó de sus émulos; notable ingenio fue éste; don Pedro Calderón por las trazas se llevó el teatro; Villaizán por lo conceptuoso, los ingenios; el doctor Godínez por las sentencias los doctos; Luis Vélez por lo heroico fue eminente”.

Y a su vez se relacionaba con otros autores, de ahí que Juan Pérez de Montalbán incluya un soneto suyo en su acopio de homenaje a Lope de Vega.

Pese a que su hija Catalina se casa con Constantino Ortiz de Urbina, familiar del Santo Oficio y posterior socio comercial suyo, el cerco inquisitorial se cierne sobre él y su familia y opta por exiliarse a Rouen en Francia, donde una comunidad judía vivía con mayor tranquilidad.

Compagina negocios con escritura acercándose a la corte real gracias a los panegíricos que inserta en sus obras. Obtuvo del Rey Luis XIII la Orden de San Miguel.

Una de las portadas de Enríquez Gómez.

Hacia 1649 retorna a la península, parece que acuciado por las deudas. Evita la corte y se instala en Sevilla. Tras una breve estancia en Granada donde contrata a María Felipe de Zárate con la que se amanceba, retorna a Sevilla hacia el año 1651 con el nombre de Fernando de Zárate y Castronovo, instalándose en la collación de San Martín.

Las notas románticas pero falsas con que se adornaron su biografía hablan de una irrefrenable melancolía por el país patrio. Si nos ponemos chouvinistas, habría quien afirmara que irremediablemente atraído por la que había sido la ciudad de su juventud.

Aunque desconozcamos los motivos, la presencia de deudas puede ser suficiente y no el triunfar con sus obras. Ya hemos visto el alto reconocimiento que obtuvo en el país vecino, en pleno exilio, tema que trató en su obra La torre de Babilonia. Aunque hay que matizar dicho honor pues eran premios pagados.

Pero que retornara y escogiera Sevilla no puede dejar de sorprendernos pues la terrible epidemia de ese mismo año de 1649 no solo diezmó la población – murió la mitad – sino que empobreció a Sevilla que inició su caída cuesta abajo sin frenos hasta serle arrebatada la sede de la Casa de Contratación, que pasará a Cádiz el 12 de mayo del año 1717.

Los años sevillanos de Fernando de Zárate son los más prolíficos de Antonio Enríquez Gómez. Hasta un total de 27 obras, la mayoría comedias, en detrimento de los dramas anteriores, se han localizado de esta etapa y que se siguieron publicando tras su muerte. Además sus obras se siguen representando en el Buen Retiro de Madrid.

Se ha desmentido que acabara viviendo en Ámsterdam libremente su fe y se considera del todo probado su Auto de Fe en Sevilla. Pero antes de su muerte, se cuenta que hubo hasta dos Autos con su efigie. La Inquisición te quemaba hasta con un monigote cuando no daba contigo en carne y hueso. El primero tuvo lugar en 1651 en Toledo y el segundo en la propia Sevilla en el año 1660.

¿Asistió en persona a su propio ajusticiamiento simulado?

Portada de la comedia ‘El noble siempre es valiente’.

Forma parte de la vida legendaria de este escritor que parecía escribir febrilmente siendo consciente de que los años se le escapaban. Como ejemplo, el 5 de abril se fecha su obra El noble siempre es valiente. Premonitorio título, pues el 8 tendrá lugar ese Auto de Fe simulado en el que se quema la efigie del Capitán Enrique Enríquez de Paz, alias Antonio Enríquez Gómez.

Sobrevuela la incógnita de por qué no volvió a Europa o a Lima con el primo con el que retorna.

Sí se conocen los detalles de cómo la implacable Inquisición lo desenmascaró: tiene noticia de que en Sevilla circula una obra sobre San Ildefonso con el nombre de Fernando de Zárate, pero solo había constancia de dos, una de Lope de vega y la otra de Enríquez Gómez, al que consideran que es la misma persona. El 21 de septiembre de 1661 es detenido junto con su hermano y otro primo.

Encerrado en el Castillo de San Jorge, el 18 de marzo de 1663 cae gravemente enfermo. A raíz de ello se hace una ceremonia de reconciliación y le suministran los últimos sacramentos. Al día siguiente muere y es enterrado en la Iglesia de Santa Ana.

A los motivos que se le suponen su vuelta del exilio y sortear la Inquisición durante una década en nuestra ciudad, pese a las numerosas y graves acusaciones que pendían sobre él, hay que añadir cierto escepticismo y cierta heterodoxia en su judaísmo, algo que vivirá su hijo Enrique Basurto, pero en Rouen.

Su figura literaria se ha revalorizado exponencialmente en los últimos años, de ahí que se le dedicara este simposio pero sus ideas sobre religión y política, sumamente valientes, constituyen un interesante foco que explorar. Es precursor del racionalismo ilustrado al considerar que la virtud intelectual y práctica está por encima de ritos religiosos.

Animo a la excelsa compañía Teatro Clásico de Sevilla a que represente una obra, de las muchas que escribió en la ciudad, que escogió donde morir.

El tiempo fugaz es una constante en su obra como este poema:

Al curso y velocidad del tiempo

Este que exhalación sin consumirse

por los cuatro elementos se pasea,

palestra es de mi marcial pelea

y campo que no espera dividirse.

Le voy siguiendo y sígueme sin irse;

me voy quedando y por quedarse emplea

su mismo vuelo, y hallo que desea

ir y quedarse y con quedar partirse.

Mi error me dice que su rapto apruebe;

¿pues por dónde camino si su esfera

casi lo eterno con las alas mueve?

No me atrevo a seguirle aunque quisiera,

que corre mucho y temo que me lleve

en el último fin de la carrera.

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