19 febrero 2024

Sevilla vista por tres célebres viajeros extranjeros

Richard Ford. Dibujo Sevilla.

Virginia López. Que Sevilla ha sido visitada por innumerables viajeros de todos los tiempos es cosa bien sabida. Y hablamos de viajeros, en un sentido turístico y cultural, porque Sevilla, como le pasa a Andalucía, es encrucijada de caminos y tierra conquistada por considerables pueblos.

«Ciudad hermosa y bella
por quien el sol más presto viene a España».
Lope de Vega.

Imagen de la Giralda, de David Roberts (1833).

Ya afirmaba Averroes que “Sevilla siempre conquistó a sus conquistadores”.

De igual modo que cada viajero se ha dejado, inexorablemente, seducir por nuestra ciudad, ora su luz, su colorido, su bullicio, ora su gente, sus bailes, sus ganas de vivir.

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Esa adherencia, no exenta de críticas, lleva parejo redundar en los tópicos que acompañan a los sevillanos y a Sevilla, también desde tiempos inmemoriales, aunque tales tópicos los endosan cuales sambenitos, los que precisamente, ni nos conocen ni nos tratan.

Entre la pléyade de viajeros, en su mayoría atraídos por la fama de riqueza y los exóticos orientalismos impelidos por su maurofilia, junto al fervor religioso, destacan algunos nombres bien conocidos.

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Salón en el Alcázar de Sevilla (The sweet south), de Lady Emmeline Stuart (1856).

Andrea Navaggiero, embajador de Venecia, asistió a la boda del Emperador Carlos V en Sevilla y afirmó rotundamente que Sevilla era la ciudad más italiana de cuantas había conocido. Cosme de Médici al subirse a la Giralda sentenció que Sevilla era la segunda Roma como ciudad-convento. Y en estos dichos tan zalameros y que gustamos tanto de recopilar y difundir, destacan los de Antonio Gala (“Lo malo no es que los sevillanos piensen que tienen la ciudad más bonita del mundo…lo peor es que puede que tengan hasta razón.») y Pérez Reverte (“Nadie podría inventar una ciudad como Sevilla.”).

En el soleado sur. Empacando naranjas en el mercado de Sevilla. Xilografía coloreada a mano de E. Buckman (hacia 1891).

Quizá el viajero más conocido sea Richard Ford, más por sus dibujos que por sus textos, estos últimos realmente desconocidos por la gran mayoría de sevillanos, ajenos a cómo el inglés nos pone a caer de un burro. Sus dibujos son un fiel reflejo de la Sevilla de 1830, antesala de la fotografía y donde podemos vislumbrar cómo era la Sevilla finisecular del Antiguo Régimen, que aún tenía mucho de medieval. La contemporaneidad de Sevilla se inicia desde mediados de siglo con el ferrocarril, el derribo de murallas y los preparativos urbanísticos para la exposición del 29.

La inmensa mayoría de visitantes fueron fugaces presencias, desde la realeza hasta los aventureros, pero nos interesa, no tanto los que dejaron huella sino los que dejaron escritas sus impresiones, especialmente los más desconocidos.

El fandango en el Teatro San Fernando de Sevilla, ilustración de Gustave Doré (1874).

Por eso traemos a tres pintorescos viajeros que nos dejaron amplias visiones de Sevilla en sus narraciones de viaje:

El sin par George Borrow (1803-1881) no vendió una sola Biblia anglicana apostado en la Plaza Nueva o en el antiguo consulado genovés allá por 1839. Nicolás Salas ya dio buena cuenta de ello en su Pregón de la XXV Feria del Libro Antiguo y de Ocasión de 2002. Y los estudiosos han desmontado su buena fama como amigo de los gitanos. Que conviviera con ellos y aprendiera caló ocultan que perpetuara sus estigmas.

Andalucía se muestra refulgente a sus ojos:

“A hora temprana del día 24 embarqué con rumbo a Sevilla en el pequeño vapor El Betis. La mañana era húmeda y reinaba densa niebla (…). De improviso la niebla desapareció y brilló esplendente el sol de España.”

Con pluma neutra destaca su admiración por sus monumentos:

Casa del Ayuntamiento de Sevilla, ilustración de Gustave Doré (1870).

“La rodean altos muros árabes en buen estado y construidos con materiales tan resistentes (…). La Catedral, reputada como la mejor de su estilo en España (…) con las más hermosas pinturas que ha creado el arte hispano. Nadie debería visitar Sevilla sin prestar particular atención al Alcázar, esa muestra ejemplar de la arquitectura árabe. (…)La de los embajadores, que en todos los sentidos es más suntuosa que la del mismo nombre existente en la Alhambra. (…)Permanecí allí cerca de quince días, disfrutando del delicioso clima de este paraíso terrenal y de las fragantes brisas del invierno andaluz.”

Puerta del Perdón en la Catedral de Sevilla, ilustración de Gustavo Doré (1870).

El rico coleccionista Barón Jean Charles Davillier (1823-1883) se recrea en las vivencias de los propios sevillanos, dejándonos crónicas sobre la asistencia al teatro, cómo eran las barberías o su visita a la Fábrica de Tabacos:

“La primera vez que fuimos al Teatro Principal había un lleno, (…) cosa poco frecuente en los teatros españoles. Las mujeres estaban en su mayoría. Mantillas y flores, (…) muy pocos sombreros al estilo de París.(…) Dos jóvenes sevillanas de abundante cabellera negra, adornada con una gran dalia blanca colocada junto a la oreja.”

“En ningún sitio podía Beaumarchais colocar el asunto de su inmortal Barbier más que en Sevilla. Las barberías o tiendas de barbero son muy numerosas en Sevilla. Se las distingue fácilmente, pues sus puertas están pintadas de ordinario de verde claro o de azul y adornadas con bandas amarillas. (…) Porque practica esta operación casi quirúrgica[sangrador], es por lo que se lee algunas veces pomposamente en su muestra profesor aprobado de cirugía. (…) También es comadrón y sacamuelas.”

Desconocida pintura de Gonzalo Bilbao de las cigarreras que se encuentra en Argentina (hacia 1910).

“Cuando penetramos en las salas donde el tabaco se pulveriza y tritura quedamos sorprendidos por un acre y penetrante olor, al que las obreras están perfectamente acostumbradas. (…) Jóvenes la mayor parte, se ocupaban de liar cigarros con maravillosa ligereza, lo que no las impedía charlar con una rapidez por lo menos igual. La maestra, que vio nuestro asombro, nos aseguró que era imposible que se callaran sus obreras y que si tuvieran que callar preferirían dejar el taller…”

Cuando habla de la maja andaluza, deja anotado lo que le oyó decir a un chato:

Chato, no tiene narices
porque Dios no te la dio
a feria se va por todo
pero por narices no

Puerta Osario, dibujo de Richard Ford (1830).

El hispanista irlandés Walter Starkie (1894-1976) nos dejó una embrollada crónica de su estancia en Sevilla, pareciera que hablara de la Feria, en vez de la Semana Santa:

“La cabeza me daba vueltas. Estaba ebrio de ritmos y excitación. (…) Me tumbé(…), junto a un grupo de mujeres, también fatigadas (…) y de viejos. (…) Al salir el sol nos encontrábamos confundidos en la esquina de una calle. Las procesiones habían continuado su camino. Por las calles, contemplé hombres que hacían churros y distribuían vasos de café.”

Y es que el viaje había empezado con este contratiempo:

“A mi llegada a Sevilla no fue fácil encontrar cama ni para una noche. En Semana Santa todas las casas están llenas.”

Pese a la inconveniencia hotelera, más propia de nuestros tiempos, la semana grande le deja una atronadora impresión:

“Durante la Semana Santa los sevillanos convierten su ciudad en un inmenso escenario en el que actúan ellos mismos, sus mujeres y sus hijos. Cuando pienso en la ciudad, en aquella semana de excitación con su gentío espléndidamente ataviado, los Pasos atravesando las calles entre voces interrumpidas por repentinos silencios y el estridente y trémulo grito de algunas solitarias saetas, noto que mis impresiones desfilan en una serie de abigarradas y cortas escenas que relampaguean en la imaginación.”

Sevilla ha sido ingrata con estos ilustres visitantes que en mayor o menor medida y con mejor o peor logro, se esforzaron en sumergirse en nuestra idiosincrasia.

Ni estatuas ni calles se les ha dedicado. Para ese nuevo barrio que va a surgir junto a la Cruzcampo, propongo a estos sevillanos de adopción. Que las cuevas de Sevilla Este y las islas de Palmas Altas no pegan con Sevilla ni con cerote.

 

Visión de Sevilla por Viajeros célebres.

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