Napoleón derrotado en Sevilla, en la Batalla de Triana, hace justo 208 años

Al frente del mando español estaba el sevillano Juan de la Cruz Mourgeon y Achet, bastante desconocido y que no ha sido recordado en nuestro callejero ni se difunde su heroica gesta con una estatua.

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1950
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Virginia López. Un 27 de agosto del año 1812 el ejército francés fue derrotado por las tropas anglohispanas en la Plaza del Altozano. La Batalla de Triana supuso la liberación de Sevilla tras la ocupación francesa. A las bajas humanas se sumaba la extrema incertidumbre ante el panorama político que basculaba entre el Absolutismo y el Liberalismo.

Soult

El 1 de febrero del año 1810 se había producido la triunfal entrada de José I Bonaparte en Sevilla, acompañado del General Soult, responsable como se sabe, del mayor latrocinio artístico en la historia: arrancó casi un millar de lienzos de iglesias y conventos que salieron irremisiblemente de Sevilla.

Las autoridades se refugiaron en la Isla de León – hoy es la localidad de San Fernando – que quedó convertida en capital de España y en símbolo del Liberalismo con la redacción de nuestra primera Constitución en 1812.

Ese mismo año el ejército francés tuvo una clamorosa derrota en la Batalla de Arapiles que marca el inicio de su retirada en batida. Renunciando para siempre a la toma de Cádiz – única zona española que quedó inexpugnable –, Soult levanta el cerco y se repliega hacia el norte para reforzar el ejército napoleónico allí situado.

Vista de Triana (detalle) en el cuadro Vista de Sevilla, h. 1660

Un dato muy poco conocido es que Nicolas Jean de Dieu Soult, Duque de Dalmacia y Mariscal de Francia llegó a ser Regente de España del 1 de julio al 11 de diciembre de 1813. En desavenencias con el rey francés José I Bonaparte y por el cariz que tomaba nuestra Guerra de Independencia Napoleón Bonaparte mandó llamar a su hermano a París dando el mando supremo a Soult. El cual moriría plácidamente en 1851 y cuyos herederos aún custodian algunas de las obras robadas.

Los refuerzos ingleses habían posibilitado el avance del mando aliado por tierras onubenses, tomando La Palma del Condado y acercándose al Aljarafe sevillano.

Grabado francés Puente de Barcas.

En las primeras horas del día tomaron Castilleja de la Cuesta pese a los infructuosos intentos de los franceses. El propio Soult decidió hacerles frente en Triana para que no entraran en la ciudad, pero fue en vano; mientras los aliados temían que el enemigo arrasara Sevilla y cortaran el puente.

El escenario bélico fue el Altozano junto al Puente de Barcas. El Puente de Triana, cuyo nombre oficial es de Isabel II, no se construiría hasta 1853.

La trianera Plaza del Altozano, centro neurálgico del arrabal, siempre fue un espacio abierto desde sus orígenes musulmanes, estando porticado – a semejanza de la Plaza del Salvador donde quedan columnas – hasta el año 1795 en que se derribó el palenque central que lo ocupaba con su galería porticada y sus dos puertas. Con ese derribo el Altozano se abrió al río a costa del Castillo de San Jorge que llevaba una década sin ser sede del Tribunal de la Inquisición. Un lugar mítico, elegido por Verdi para situar una escena de su ópera “La fuerza del destino” como vimos en el artículo que habla de su visita a Sevilla:

Cuando Sissi la emperatriz y el gran compositor Giuseppe Verdi visitaron Sevilla

Al frente del mando español estaba el sevillano Juan de la Cruz Mourgeon y Achet, bastante desconocido y que no ha sido recordado en nuestro callejero ni se difunde su heroica gesta con una estatua.

Juan de la Cruz Mourgeon y Achet.

Pese a su activa participación en nuestra Guerra de la Independencia – héroe de Bailén, prisionero en Francia donde Napoleón le dejó usar su espada, con innumerables condecoraciones como la Flor de Lis de Francia – su trayectoria más conocida es la de ser el último Virrey de Nueva Granada. Como curiosidad, fue amigo y le salvó la vida al libertador José de San Martín.

Pero sin duda, entre la valiente soldadesca que hizo frente a los invasores destaca el extraordinario aventurero escocés John Downie. Un personaje pintoresco al mando del Duque de Wellington pero tan enraizado con las gentes del país que el que aquél lo considerara “demasiado español” le era por supuesto motivo de orgullo.

John Downie.

Durante su estancia en Extremadura lideró y entrenó a un grupo de paisanos a los que uniformó a semejanza de los tercios españoles de la época de Carlos V. Y el Marqués de la Conquista le cedió la espada de Pizarro, su antepasado.

Luchaban a modo de guerrillas españolas, con columnas volantes – de ahí su nombre “Cuerpo Volante de Leales de Pizarro” más conocida como la Legión Leal de Extremadura – e incursionaban siempre en vanguardia. Sus numerosos éxitos iban parejo al carisma que desplegaban; ver unos 600 hombres con sus chambergos y coletos en plena canícula sevillana avanzando valientemente debió ser un espectáculo formidable. Sugiero que se escenifique, aunque en otra época del año, claro.

Y al mando unificado angloluso estaba el Coronel John B. Skerret. Como curiosidad cuando Mourgeon escribió un artículo en la prensa hablando de las tropas inglesas, un oficial portugués le afeó que no hablara de tropas aliadas. Están contabilizados unos mil ingleses y unos setecientos portugueses en la Batalla del Puente de Triana.

Los aliados atacaron junto al Puente de Barcas en varias embestidas hasta que logran desmontar la defensa francesa, que tras la toma del puente, huye en dirección a Granada.

El papel protagonista lo desempeñó nuestro amigo Downie, quien blandiendo la espada de Pizarro espoleó su cabalgadura al frente de sus extremeños para lanzarse sobre la artillería gala y cuando intentaba saltar con su caballo de una barca a otra del puente, recibió una herida en la cara y fue apresado. Cuentan que antes tuvo el arrojo de tirar la espada a la Leal Legión Extremeña. Wellington lo canjeó por 190 prisioneros franceses y perdió un ojo.

Espada de Pizarro. Aunque su propietario le pidió a Downie que se la devolviera, él volvió a usarla en la Guerras Realista de 1822. Actualmente se conserva en la Armería real de Madrid.

Los ingleses se acuartelaron en Alcalá de Guadíra donde murió de tifus su amigo John Scrope Colquitt. Fue enterrado a las afueras donde quedó un monolito que fue conocido popularmente como La Cruz del Inglés.

A mediados del siglo XX la lápida estaba perdida desde hacía tiempo y esa zona era conocida como Cuatro Caminos.

En 2012 con el Bicentenario un grupo de alcalareños promovieron que se colocara un nuevo monolito y el historiador Francisco José López Martínez realizó una interesante investigación que aún puede verse en su blog. Como él dice:

Si no hubiera fallecido  el teniente coronel John Scrope Colquitt, de treinta y siete años, que mandaba la Light Company del 3er. Batallón del 1st. Regiment of Foot Guards, quizás hubiera ganado los laureles de la fama en Waterloo como lo hizo su primo el capitán Goodwin Colquitt, de su mismo regimiento, en aquella heroica acción que protagonizó cuando devolvió a los franceses una granada enemiga, como si de una pelota de cricket se tratara, salvando a decenas de sus hombres.”

Inauguración de la ‘Cruz del Inglés’.

¿Y qué fue de nuestro amigo Downie?

Llamado vividor por el hispanista Esdaile – si lo hubiera sido no hubiera costeado los uniformes de la legión – murió en Sevilla el 5 de junio de 1826 porque decidió españolizarse del todo, con conversión al catolicismo incluida.

Luciendo su parche en el ojo tuerto se mostró siempre muy agradecido a los españoles que le felicitaron y premiaron continuamente. Ocupó el cargo de Alcaide del Alcázar, escribió varias obras y colaboró en el fin del Trienio Liberal.

Fernando VII otorgó el Título de Muy Heroca en 1817 por la gesta de la ciudad ante la invasión napoleónica, como vimos en el artículo:

https://sevillabuenasnoticias.com/tag/cinco-titulos-ciudad-de-sevilla

Por último, no quiero dejar de recomendaros la exposición de la que soy directora que se celebra en la Iglesia de San Román hasta el 1 de octubre sobre el cuadro de San Román pintado por Zurbarán y robado ¡cómo no! por Soult. Y agradezco al párroco Don Francisco Blanc su iniciativa para llevarla a cabo.

 

 

 

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